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El artesano de los acordeones de Ciudad de México

Durante todo el día, el agradable sonido de la música de acordeón flotó por los pasillos del edificio. La mayoría de las veces no provenía de la habitación de Ramírez sino de la de al lado. Resulta que, para celebrar sus 50 años de trabajo, Ramírez se había jubilado recientemente, y ahora solo trabaja por placer porque su hijo lleva las riendas del negocio.

A lo largo de su carrera, Ramírez tuvo muchos aprendices —“Aquí no existen las escuelas de reparación de acordeón”, dijo— pero ninguno lo ha enorgullecido más que Luis Adrián Ramírez, un acordeonista profesional que, no mucho después de aprender el oficio de su padre, se unió a al Servicio Ramírez Acordeones, convirtiéndolo en un negocio de dos personas y ampliando la línea generacional de una familia profundamente arraigada en las tradiciones musicales de América.

“Mi abuela vivía de la música, era maestra de piano”, recuerda Ramírez. “De ahí vienen nuestras habilidades musicales”. Su padre, que nunca aprendió música cuando era niño, más tarde agarró los instrumentos y comenzó a tocarlos casi de inmediato. “Por parte de mi papá tenemos la sensibilidad de la música”.

Para Luis Adrián, heredar la empresa familiar es un proceso que empezó hace mucho tiempo. “Desde los 12 años he trabajado con él”, dijo sobre su padre. “Todo un orgullo”.

Para el patriarca de los Ramírez, los tecnicismos de la música han sido su mayor atractivo. “Siempre me ha interesado más arreglar los acordeones que tocarlos”, dijo.

Casi 50 años de trabajo le han proporcionado abundantes recursos. Cuando estaba empezando y no podía comprar las piezas adecuadas, improvisaba extrayendo piezas de metal de los tacones de los zapatos y las encuadernaciones de libros. Debajo de una fina manta ubicada en un estante, junto a algunos fieltros, pieles y cueros, sacó varias hojas sueltas de papel amarillento con diagramas dibujados a mano de todas las afinaciones cromáticas posibles de un acordeón.

La gente todavía le envía instrumentos de otros países —Colombia, Guatemala y Estados Unidos— para que los afine, modifique o revise. Durante un tiempo, hace años, solía hacer visitas domiciliarias a estados lejanos y pueblos remotos, a menudo cargando sus herramientas a lomos de mula, subiendo colinas brumosas y arroyos escarpados llenos de lluvia. “Comunidades que no tenían luz en esos momentos, pero tenían los armonios y los acordeones”, dijo.

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